La primera vez que fui al psicólogo

La primera vez que fui donde “el psicólogo”, estaba ya en el sexto semestre de psicología en la universidad. Por esa época, ya sabía que quería convertirme en psicoterapeuta y estaba eligiendo mi orientación profesional.

Mi universidad tenía una fuerte tradición psicoanalítica, así que tuve que ver muchas materias con este enfoque y, la verdad, me gustaba mucho. Sin embargo, hay personas que dicen que uno no elige su corriente, sino que es ella quien lo elige a uno, así como el sombrero de Harry Potter. Y esto fue lo que sucedió, a pesar de mi interés por el psicoanálisis y la psicología dinámica, la psicología humanista-existencial era mucho más armónica con mi visión del mundo.


Los psicólogos, en especial aquellos que se quieren convertir en psicoterapeutas, tienen la obligación ética de asistir a terapia, así que aproveché el impulso y pedí una cita. Empecé un proceso con mi profesora de psicología humanista, a quien veía como una persona viva, consciente, feliz y espontánea.


Desde las primeras citas me enganché con ese espacio único al que iba cada ocho días, casi siempre los jueves. Cada vez que llegaba a su consultorio, me daba la impresión de entrar a un mundo mágico lleno de tranquilidad, confianza y aceptación, en donde podía conocerme y explorarme realmente.


Ir a terapia requiere coraje


Si, ir a terapia requiere coraje: hay que tener valentía no solo para aceptar lo que nos duele y lo que no sabemos, sino para salir de la zona de comodidad, enfrentar nuestra vulnerabilidad y arriesgarnos a hacer las cosas de una manera diferente a cómo lo veníamos haciendo. Con ella estuve en terapia durante un año y cada una de las sesiones me aportó e impactó de muchas maneras, algunas de las cuales puedo reconocer incluso hoy, más de diez años después.


Más adelante en mi vida, volví a terapia con otra psicóloga (de enfoque humanista también) y, entre ambos procesos, seguí participando de muchos encuentros psicoterapéuticos grupales.


No hay nada como el espacio psicoterapéutico. Allí te encuentras con otra persona que te presta sus ojos, sus oídos y todo su conocimiento y experiencia para que puedas encontrarte verdaderamente contigo mismo(a).


El proceso no se trata de ir a que te digan qué hacer o cómo hacerlo; el terapeuta no es un sabelotodo, sino más bien un facilitador o una herramienta que te ayudará a encontrar tus propias respuestas, a conectarte con tu propia sabiduría y que, sin importar lo difícil o doloroso que sea, su presencia y aceptación será incondicional.





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