Desconectar para conectar

Te ha pasado que…

  • ¿A pesar de que duermes 8 horas no te sientes descansado?

  • ¿Llegas a tu casa después de un largo día y aún así sientes que tienes mucho por hacer o muchos pendientes por cumplir?

  • ¿Cuando tienes tiempo libre no logras descansar e incluso te sientes culpable por no hacer nada?

  • ¿A menudo crees que deberías ser “más disciplinado(a)”, “usar mejor tu tiempo” o ser “más productivo(a)”?

Si te identificaste con estas preguntas, lo más probable es que sientas un agotamiento terrible y, aunque ya estás haciendo demasiado, no sabes qué hacer con todo lo que sientes. Además, aunque sabes que el descanso es necesario, seguramente no te ha parecido tan fácil y por eso estás leyendo este artículo.


Vamos a tratar de entender lo que te puede estar pasando, y para eso necesitamos darnos cuenta de que vivimos en un mundo hiperconectado, en el que tenemos en el bolsillo un dispositivo con acceso a una cantidad increíble de información. Y, aunque es algo maravilloso, lastimosamente, también puede ser un enemigo de nuestra salud mental.


¿Por qué?


Porque estamos HIPERCONECTADOS, es decir demasiado, de manera exagerada, más de lo necesario o de lo conveniente. Entonces, y aunque todo parece estar dentro de lo normal, terminamos conectados permanentemente con nuestro trabajo, con nuestros familiares, con nuestros amigos, con nuestros colegas, con nuestros jefes, con miles de empresas que nos quieren vender algo, con las noticias del país y del mundo, con lo que millones de personas tienen para decir o mostrar, con lo que quisiéramos hacer pero no hemos hecho, con información interesante, con datos falsos, con los lugares más hermosos del mundo…


¿Se te acabó el aire leyendo ese último párrafo? A mí también, porque ¡es demasiado!


El mundo tiene unas posibilidades ilimitadas, pero nosotros no.

El mundo tiene unas posibilidades ilimitadas, pero nosotros no. Nuestra capacidad para procesar esa cantidad de información y lo que ella genera en nosotros es limitada; nuestro organismo no tiene ni las herramientas ni el tiempo suficiente para asimilar una conexión tan intensa y prolongada con el mundo.



Para que lo entendamos mejor, es como si estuviéramos despiertos todo el tiempo y nunca durmiéramos, o, como si comiéramos permanentemente, pero sin digerir la comida. Y precisamente esta es la razón por la que aparece el agotamiento y esto se puede sentir como una sobrecarga, porque estamos “cargando” con más de lo que podemos.


¿Qué hacemos entonces?


1. Poner límites


Y aunque esto nos cuesta muchísimo, es necesario. Imagina tener una casa sin puertas, en donde cualquier persona puede entrar, o que nos tragáramos cualquier cosa sin antes decidir si es algo que nos alimenta o no. Sería extraño, ¿no?



Y aun así, es lo que muchas veces hacemos con nuestro trabajo, en nuestras relaciones o, simplemente, con la televisión o las redes sociales. No les ponemos límites y, por lo tanto, no filtramos lo que escuchamos o vemos, o no dejamos claro que nuestra disponibilidad tiene unos límites (humanos por cierto).


Entonces, una de las primeras soluciones es poner límites. Tú decides cuáles y qué tan estrictos, pero aquí te dejo algunas ideas:

  • Trabaja únicamente durante las horas laborales y evita responder correos y mensajes en horarios diferentes.

  • Si en alguna de tus relaciones sientes que se están sobrepasando tus límites ¡Exprésalo! Deja claro en qué aspectos no te sientes bien y cómo quisieras que cambiaran.

  • Dispone de ciertos horarios específicos para utilizar el celular o la televisión.

  • Desconéctate de los dispositivos electrónicos a cierta hora en la noche. Mejor si es una hora antes de dormir, para facilitar esa transición hacia tu descanso.


2. Soltar el FoMO (Fear of Missing Out)


El “miedo a perdernos de algo” es un fenómeno que se ha vuelto demasiado común con la digitalización de nuestro mundo. Y es que, claro, somos seres sociales y queremos hacer parte de algo; el problema es que las redes sociales nos muestran un mundo totalmente sesgado, ya que tendemos a compartir sólo los mejores momentos y nuestros más grandes logros.


Somos seres sociales y queremos hacer parte de algo; el problema es que las redes sociales nos muestran un mundo totalmente sesgado.

Cuando vemos este lado de los demás, podemos tener la sensación de que todos tienen vidas más interesantes y vibrantes que la nuestra. O lo mismo puede pasar en el trabajo o en el estudio: vemos de los demás solo sus reconocimientos y se nos olvida el proceso que los llevó hasta allí.


Este “miedo a perdernos de algo” nos puede llevar a sentirnos más ansiosos, a pensar que hay algo que no estamos haciendo bien, que no somos suficientes o, incluso, que hay algo malo en nosotros.



Entonces, ¿Cómo soltar este miedo que está tan presente?


Primero, tenemos que aceptar que es imposible hacer todo lo que la vida tiene para ofrecer; nuestros deseos pueden ser ilimitados, pero nuestro tiempo y recursos son bastante limitados. Así que: humildad y paciencia. Tenemos que recordarnos permanentemente que cada persona lleva su vida a su manera y que la nuestra está bien también tal como es.


Segundo, y como veíamos en cuanto a poner límites, es útil restringir el uso y el consumo de redes sociales o de hiperconectividad. Si estar al tanto de todas las personas todo el tiempo nos hace sentir insuficientes, pues hagamos el esfuerzo de desconectarnos un poco, para volver a encontrarnos con nosotros mismos.


Y aquí viene el tercer paso: en ese encuentro con nosotros y nuestra vida, es importante reconocer lo que sí tenemos, en vez de enfocarnos en lo que nos falta o en lo que nos estamos perdiendo. Agradecer es una práctica increíblemente poderosa que ha sido extensamente estudiada y se sabe que mejora el sueño, el estado de ánimo e, incluso, nuestra respuesta inmune; así mismo, puede bajar los niveles de depresión y ansiedad, entonces ¿por qué no intentarlo?


Haz una lista de aquello por lo que sientes gratitud. Pueden ser cosas, personas, oportunidades o, incluso, cosas tan sencillas que a veces damos por hecho como respirar, ver o mover nuestros dedos.


3.Bajarle al perfeccionismo


Si nos estamos excediendo con el trabajo o el estudio, lo más probable es que tengamos altas expectativas de nosotros mismos y que se nos olvidé que no somos unas máquinas cuyo fin último es cumplir tareas.


Las expectativas están bien, siempre y cuando tengamos en consideración lo que realmente podemos hacer, es decir, que sean realistas

Sin embargo, bajarle al perfeccionismo no significa bajar esas expectativas como muchos creen. Las expectativas están bien, siempre y cuando tengamos en consideración lo que realmente podemos hacer, es decir, que sean realistas. Por otro lado, es importante también preguntarnos cómo nos estamos evaluando: ¿en dónde estamos poniendo nuestra atención a la hora de definir nuestros resultados?


Por ejemplo, y como veíamos con el FoMO, muchas veces nos evaluamos de manera comparativa y empezamos a sobreestimar lo que nos falta (o lo que aún no hemos hecho o logrado) y a subestimar nuestras capacidades (y todo lo que sí somos, tenemos y hemos vivido).


Es por eso que tal vez sea necesario bajarle al perfeccionismo, porque nos podemos volver muy críticos con nosotros mismos. Tanto así, que, sin darnos cuenta, vamos deteriorando la relación que tenemos con nosotros mismos y, poco a poco, vamos perdiendo también el gusto y la motivación por las cosas que hacemos.


Como vimos con el ejercicio de gratitud, centrarnos en lo que sí hemos hecho nos empieza a dar perspectiva y nos saca de esos pensamientos críticos y acusadores; se hace necesario entonces celebrar nuestros logros, reconocer nuestras capacidades y reforzar la actitud de ver el vaso más lleno que vacío. Además, nunca sobre recordarnos que el descanso es un paso necesario para un trabajo bien hecho. Tenemos que reconocer su valor y empezar a verlo como una inversión, más que como un tiempo perdido o una molestia.


¿Resumen?


En resumen, si estamos sobrecargados por hiperconectividad en uno o varios ámbitos de nuestra vida, necesitamos actuar pronto, antes de que el agotamiento sea tanto que terminemos derrumbándonos. Y para hacerlo:


  1. Necesitamos ser más firmes frente a lo que sí queremos en nuestra vida y lo que no. Cuando establecemos límites, y luchamos por conservarlos, podemos empezar a soltar gran parte de esa carga que tal vez no era nuestra, que nos hacía daño o que, simplemente, no la queríamos llevar.

  2. Necesitamos también ser más pacientes y humildes con nuestro propio proceso. La comparación y el miedo a perdernos de algo solo nos dejan con una sensación de vacío e insatisfacción hacia nosotros mismos y nuestra vida. En vez de eso, enfoquemos nuestra atención en lo que sí tenemos, en lo que hemos vivido y en lo que somos; de esa manera podemos no solo reconocerlo, sino también empezar a valorarlo y disfrutar de nuestra vida tal como es.

  3. Finalmente, necesitamos aterrizar nuestra expectativas de nosotros mismos y de la vida, de manera que sean realistas y centradas en nuestro proceso, en vez de partir de comparaciones o idealizaciones. Cultivar la relación que tenemos con nosotros es una forma de soltar el perfeccionismo para crecer desde lo que sí somos y permitirnos espacios reales de desconexión para que, cuando queramos volver a conectar, lo podamos hacer verdaderamente.



Cultivar la relación que tenemos con nosotros es una forma de soltar el perfeccionismo para crecer desde lo que sí somos y permitirnos espacios reales de desconexión para que, cuando queramos volver a conectar, lo podamos hacer verdaderamente.
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